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Una Danza de Reptiles en Psilocibina.

Hay momentos que no se pueden explicar con precisión, solo se pueden recordar como una sensación que cambió algo para siempre.

Hace meses realicé un viaje a Veracruz en compañía de unos amigos en ese entonces. No era un viaje extraordinario en apariencia, pero con el paso de los días se fue convirtiendo en el escenario de una experiencia que no estaba prevista, y que, sin embargo, terminó marcando un antes y un después en mi forma de percibir.

El viaje comenzó como cualquier otro, pero en algún punto dejó de serlo. No fue inmediato. No hubo un anuncio claro, ni una transición evidente. Simplemente, la realidad empezó a transformarse en algo más suave, más profundo… más extraño.

Diego, una de las personas que se encontraba conmigo en ese viaje se acercó a mí la mañana de aquel domingo, con él traía una extraña envoltura de algo en papel aluminio.

—Observa esto— dijo casi susurrando con una voz grave.

Dentro del papel, había algo extraño, casi seco, recuerdo tomarlo con mi mano para examinarlo y luego pasarlo por mi nariz para olerlo.

—¿De dónde lo sacaste?— Lo cuestioné aún sosteniendo aquel extraño objeto.

—Lo traje de la Ciudad para todos, pero le dije a los demás y al parecer sus creencias no les permite consumirlo... ¿Pero tú? ¿No dejarás que se desperdicié o si?

—Es una tontería Diego. No comeré eso.

—Diana. Diana... Diana. ¿Es miedo lo que percibo?

—No, es que simplemente no quiero Fernando, si los demás te dijeron que no razones tendrán pero si yo te digo que no confío en esto es porque razones tendré yo.

—¿Tus creencias te lo prohíben? Igual y podrías encontrar respuestas sobre eso. La primera vez que lo probé fue interesante, aprendí mucho sobre mi mismo, tal vez podrías hacerlo mismo niñita.

—Si quieres hazlo tú, yo te cuido desde afuera.

—¿Qué has logrado meditando? ¿Qué has logrado con tus escritos y todo lo que estudias? ¿Piensas no hacer nada? ¿No crees que podrías encontrar respuestas ahora con esto?

—Probablemente las obtenga, si. Pero al obtenerlas nos condenaría a ambos. ¿Quieres correr el riesgo?

Diego tomó aquel hongo de mi mano, lo alzó mientras hacía una sonrisa y lo partía lentamente a la mitad.
—Disfrútalo cariño.

Lo tomé con fuerza y metí el hongo en mi boca, un sabor seco, sin vida se había apoderado de mi saliva.

—Respira. Muérdelo lento, siéntelo—dijo.

—Sabe raro...

—Lo sé, no tengas miedo.

Diego tomó su parte y la introdujo, sus ojos se cerraron y comenzó a bailar lentamente mientras parecía disfrutar de masticarlo. Una extraña sensación de incomodidad se habla apoderado de mi cuerpo al verlo.

Tomé un asiento y me quedé ahí inmóvil, a la expectativa de lo que sucedería, el sólo se sentó en el piso al otro extremo y nos mantuvimos callados cerca de una hora.

—¿Diego...?

Recuerdo mirar a Diego y no reconocerlo del todo. Su rostro seguía siendo el mismo, pero había algo en la forma en que lo percibía que no encajaba con lo que había sentido antes. Era como si lo viera desde otro lugar, como si una capa invisible se hubiera interpuesto entre lo que es una persona y lo que mi mente podía interpretar de ella.

No fue solo él. Todo empezó a cambiar.

—Me voy... Me voy a mí habitación, creo que necesito recostarme.

—Te acompaño.

Entramos y Diego se recostó en mi cama y yo en una silla, mis ojos se habían clavado en la cortina de aquella recámara.
Unas extrañas figuras comenzaron a surgir de su patrón, no les encontraba sentido hasta que lo ví.

—Un... Un hombre... Y un... ¿Mamut?

—¡Ahí estás!—respondio Diego mientras se reía— ¿Por qué no cierras los ojos?

Haciéndole caso, lo hice. Y ví formas, ví colores, bastos colores, ví el naranja, el rojo, morado, azul, observaba en la obscuridad de mis ojos figuras geométricas, mándalas... Todas y cada una danzaban en mi mente, lo hacían para mí.

Estaba asombrada, había vida en mi mente, había colores, había danzas, recuerdo sentir como mi sonrisa poco a poco se expandía.

No era una sonrisa forzada ni consciente. Simplemente ocurría, como si algo dentro de mí reconociera lo que estaba viendo y respondiera con una especie de aceptación silenciosa.

No había prisa. No había ruido. Solo una sensación de presencia que se hacía más clara con cada instante. Las formas continuaban apareciendo, transformándose, entrelazándose unas con otras en un movimiento constante, como si la mente hubiera encontrado su propio lenguaje para expresarse.

En ese espacio, el tiempo dejó de sentirse lineal. No podía medirlo, ni apresarlo. Solo existía el momento presente, extendiéndose sin esfuerzo, como si cada segundo tuviera su propia profundidad.

Me quedé ahí, observando hacia dentro, mientras el mundo exterior parecía mantenerse en pausa. No había necesidad de intervenir, ni de entenderlo todo. Solo de estar, de permitir que lo que estaba ocurriendo siguiera su curso.

De repente, aquellas imágenes cambiaron... Sí, cambiaron. Algo habría pasado pues aquellos colores y figuras se habían convertido en una remembranza de lo que era mi vida actual y pasada. Grandes momentos de mi vida habían pasado por mi mente, gente a la que amaba, gente que amé, aventuras, experiencias, veía entre las imágenes cosas que me hacían feliz, cosas que eran impresionantes y veía mis sueños, mis deseos, los colores y aquellas hermosas mándalas se habían transformado en mi vida.

Sin darme cuenta el hongo se había apoderado de mí, de mi mente y claro cuando invade, no invade la belleza solamente... Se había apoderado de mi oscuridad... Pues aquellas imágenes comenzaban a deformarse y los colores vivos parecían empezar a morirse, mis manos comenzaron a aferrarse del asiento.

—Respira. Déjalo que lo haga.—gritó Diego desde lejos.

Y ahí estaban... Los recuerdos más dolorosos, mis miedos más grandes, de repente una serpiente se encontraba invadiendo mi mente y un impresionante miedo comenzó a tomar mi cuerpo, las imágenes que se avecinaban no eran mejores, pues había entendido que por un momento yo no era mía, era imposible luchar o intentar controlar el efecto que aquel hongo había causado en mí.

Miedo. Dolor. Angustia. Enojó.

Mi respiración se volvió más evidente. Cada inhalación parecía traer más conciencia de lo que estaba ocurriendo, y cada exhalación intentaba, sin éxito inmediato, liberar la tensión que se acumulaba en mi cuerpo.

Por un instante, resistí. Intenté sostenerme a algo familiar, a una idea de control, a una sensación de estabilidad que ya no estaba presente. Pero entre más lo intentaba, más evidente se hacía que no había nada a lo que aferrarse.

Entonces, algo cambió.
No fue inmediato ni claro. No hubo un momento exacto en el que pudiera decir que “decidí” soltar. Fue más bien una rendición silenciosa, un reconocimiento interno de que luchar no estaba funcionando.

Y en esa rendición, el miedo no desapareció, pero dejó de dominar con la misma fuerza. Se volvió algo que podía observar, algo que estaba presente sin necesariamente consumirlo todo.

Las imágenes seguían apareciendo, los recuerdos continuaban emergiendo, pero ahora había una ligera distancia entre lo que ocurría y la forma en que lo percibía. No era control. Era algo más parecido a la aceptación.

Respirar se convirtió en el único punto de anclaje. No para detener la experiencia, sino para acompañarla.

En ese espacio, comprendí que lo que estaba enfrentando no era únicamente una reacción externa, sino también una confrontación interna con partes de mí misma que normalmente permanecen en silencio.

Y aunque no era cómodo, había algo en ese proceso que, de alguna manera, me mantenía presente.

Me levanté del asiento y me senté en la cabecera de mí cama, no me había dado cuenta que había llorado demasiado, de qué mi corazón había sufrido, hasta que pasé mi mano por la madera.

Un trozo de madera, aparentemente común, dejó de ser un objeto inerte. En su superficie comenzaron a surgir formas, patrones que mi mente convirtió en una escena viva, eran mujeres danzando alrededor de una fogata. No era solo una imagen, era una sensación completa. Movimiento, calor, ritmo, presencia. Algo antiguo, casi ritual.

Las observé en silencio. No con los ojos, sino con una atención más profunda, como si aquello no estuviera ocurriendo fuera de mí, sino también dentro.

Había una familiaridad en esa escena, una conexión difícil de explicar. Después del miedo, después de la confrontación, esa imagen no se sentía invasiva, sino… acogedora. Como si representara una parte de algo más grande, algo que no necesitaba ser entendido, solo contemplado.

Y entonces apareció la nostalgia.
No una nostalgia dirigida a alguien en particular, ni a un recuerdo concreto. Era una nostalgia más amplia, más difícil de nombrar. Como si una parte de mí reconociera algo que no sabía que había olvidado. Una emoción que no dolía, pero que tampoco era completamente alegre. Era profunda. Silenciosa. Extrañamente familiar.

En medio de la transición emocional que había atravesado, esa visión parecía devolverme a un estado distinto. No completamente ajeno al anterior, pero sí más sereno.

Y mientras todo eso sucedía afuera, algo también estaba ocurriendo dentro.
Había una apertura. No física, no visible, pero sí perceptible. Como si una parte de mí que normalmente permanece en silencio hubiera comenzado a hablar, a mostrarse, a existir con más claridad. Pensamientos, emociones, percepciones… todo parecía más directo, menos filtrado.

La tensión en mi cuerpo comenzó a disminuir poco a poco. La respiración, que antes era agitada e inconsciente, se volvió más pausada. Y aunque las emociones seguían presentes, ya no se sentían como una ola que arrasaba con todo, sino como algo que podía observarse sin perderse en ello.

Por un momento, el tiempo volvió a sentirse estable. El espacio dejó de transformarse constantemente, y la experiencia adquirió una especie de quietud.

No era el final de lo que estaba viviendo, pero sí una pausa dentro de ello. Una especie de equilibrio momentáneo entre lo que había enfrentado y lo que aún quedaba por comprender.

—¿Estás bien?

Diego estaba parado a un lado mío mirándome fijamente.

—Hizo lo que quiso conmigo, me tomó casi por la fuerza. Creo que se llevó algo de mí.

—Si... Normalmente eso pasa, algo cambio Diana.

—No... No cambio, sólo nos hizo ver lo qué pretendíamos ignorar.

—Lo siento.

—Me caes bien Diego. Me agradas. Pero tú no tienes poder sobre mí ahora.

—Yo...

—Te dije que esto nos cambiaría a ambos... Pero a mí sólo me hizo entender una cosa.

—¿Qué?

—Ya no te amo.

—¿Cómo dices?

—Así cómo lo escuchas. Creo que las mujeres bailando al rededor del fuego celebran muerte.

—Diana...

—Diego, tú tampoco me amas. ¿Es ridículo no crees? Vivir una vida que no queremos vivir y habernos elegido por qué...

—Tienes razón.

—La tengo. No te culpo pero tú y yo... Somos dos mundos muy distintos. ¿Te puedo pedir un favor?

Diego solo me miraba con esa misma mirada arrogante y egoísta de siempre...

—Al menos finge lo que nos resta de tiempo.

—Me encargaré de ello. ¿Sabes que es probable qué no recuerdes está conversación?

—¿Sabes que es probable qué ahora me veas en realidad?

—Lo veo. Y te admiró por eso, pero aún creo que te falta...

—¡Cállate! No te atrevas a volver a persuadirme, no te atrevas a querer mostrarme tú realidad... No vuelvas a sobre pasarme Diego. No vuelvas a señalarme lo que está mal, lo que está bien, no vuelvas a subestimarme... Lo sabes y el hongo también te lo mostró.

No recuerdo con exactitud en qué momento el silencio volvió a ocupar el espacio. Las palabras dejaron de ser necesarias, y aquello que había sido una confrontación se transformó, poco a poco, en algo más difícil de nombrar.

La experiencia continuó, pero ya no con la misma intensidad caótica de los primeros momentos. Había un cambio en la forma de percibir, en la manera de sentir, en la relación entre lo interno y lo externo.

Comprendí que no todo lo que se revela en una experiencia de este tipo es necesariamente agradable. Algunas partes de uno mismo no buscan consuelo, sino verdad. Y la verdad, en ocasiones, no llega envuelta en calma, sino en contraste.

No salí siendo una persona distinta en esencia, sabía que algo dentro de mí había muerto o tal vez el hongo se lo había llevado, no lo sé, pero sí se tuve una forma diferente de observarme. De observar a los demás. De observar lo que antes pasaba desapercibido.

También entendí que las relaciones humanas no siempre se sostienen en la compatibilidad consciente, sino en percepciones, expectativas y proyecciones que, en momentos de claridad, pueden volverse evidentes.

Aquel viaje no solo fue una experiencia sensorial, fue un espejo. Uno que no mostró únicamente lo que era cómodo ver, sino también aquello que había evitado mirar.

—¿Cómo estás Diana?

—Bien... Supongo que estoy bien. ¿Cómo estás tú Diego?— dije con una voz tranquila casi pasiva.

—Bien, yo estoy bien.

—Lo sé muchacho, eres un ganador.

—¿Se acabó?

—Si, el efecto pasó... Si creo que se acabó, te agradezco esto, no sabía que lo necesitaba.

—Lloraste demasiado.

—Lo sé. Pero creo que una parte es libre ahora.

—¿Y nosotros?

—Creo que también somos libres... Pero ahora mismo no hay que dar explicaciones de eso al mundo, eres interesante Diego.

—No más que tú. Ahora tú mirada es distinta... Sí... Te fuiste, hay otra persona aquí.

—Ay no... Soy yo, sólo que ahora soy mía Fer...

Diego sonrió, tomó sus cosas y empezó a hacer sus maletas, sin decirlo poco a poco comenzamos a despedirnos.

Y aunque nos mantuvimos juntos todavía 1 mes después, tal vez por costumbre, por apego... El hongo nos había abierto los ojos, éramos dos personas completamente distintas, casi contrarias terminando de vivir una historia.

Hoy, el silencio entre nosotros es absoluto. Aquel mes de cortesía fue solo la agonía de algo que ya estaba muerto. El hongo no nos dio una despedida bonita, nos dio una verdad ácida que terminó por consumir lo que quedaba. No hubo agradecimientos, solo el reconocimiento de que éramos dos extraños que, por fin, habían dejado de fingir.

Diego siguió haciendo su vida, encontró un trabajo dónde ahora se dedica a las ventas aún siendo ingeniero metalúrgico, conoció personas, ha vivido su vida cómo el siempre quiso, supongo que aún cree que es la reencarnación viva de Jim Morrison… Si, el rey largarto.

Y yo… Bueno… Yo soy libre.
Así que… Buenos días, buenas tardes y buenas noches.








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